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La historia tras la ola de crímenes de odio en EU
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La historia tras la ola de crímenes de odio en EU

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Los crímenes de odio, en particular contra afroamericanos, han pasado desapercibidos por mucho tiempo

BBC | Estados Unidos.- “Ey, idiotas, las elecciones ya terminaron… Ustedes perdieron en todos los frentes”, decía la carta que llegó una mañana al buzón de John Gascot.

Un papel impreso a computadora y con algunas faltas de puntuación dirigido a “Los tontos residentes”, en el que los acusaban, a él y a su marido Ron, de vivir “en una casa gay”, adornada con la bandera arcoíris para “atraer a otros maricones”.

Y no llevaba firma.

“Me puse furioso. Fue un acto de cobardía, una carta amenazante sin firma y sin remitente. Mi primera reacción fue ‘pintemos toda la casa de arcoíris'”, dice Gascot, artista y militante de la comunidad LGBTQ (lesbiana, gay, bisexual, transexual y queer) en el estado de Florida, Estados Unidos.

Gascot llegó hace tres años con su pareja de más de 20 a vivir a este barrio de San Petersburgo, en el oeste de Florida, y siempre sintió que “la gente aquí era muy cálida con sus vecinos”.

Pero la misiva anónima que recibió en diciembre, apenas unas semanas después de que Donald Trump fuera elegido presidente, los puso en alerta.

“Vino de un vecino, sin duda alguna. Alguien que nos ve a diario, porque en la carta hacía mención a los horarios en que prendemos y apagamos las luces de la casa, cuándo sacamos la basura, cuándo quitamos las decoraciones de Navidad”, dice Gascot, que es de origen puertorriqueño.

Por entonces, la pareja todavía tenía un cartel de Vote por Hillary (Clinton) en el jardín de entrada.

“¿Queremos vivir así, con miedo a los vecinos? Definitivamente hay un elemento de miedo, nosotros pensamos en comprar un arma para protegernos”.

La historia del matrimonio es una de muchas. San Petersburgo alberga a una comunidad LGBTQ activa y vibrante y las amenazas motivadas por discriminación por identidad sexual y de género se han disparado.

En realidad, han escalado en todo EE.UU: son el 11% de todos los crímenes de odio que se reportan a nivel nacional.

Y muchos aquí – tanto víctimas como observadores- le echan la culpa al clima político.

“Desde las elecciones, hay gente que se ha envalentonado para expresar su odio o su desprecio”, apunta Gascot.

“[Los republicanos] hicieron del miedo un eje de su campaña, ¿cómo no iba a pasar esto como consecuencia de aquello?”.

Dos dígitos

La alarma sobre los “crímenes de odio” o de sesgo, como se los denomina, resuena en Estados Unidos tras las elecciones de noviembre pasado y el triunfo de Donald Trump.

Un estudio del Centro para el Estudio del Odio y el Extremismo, una organización no partidaria de la Universidad Estatal de California en San Bernardino (CSUSB), reveló un aumento de dos dígitos en muchas de las áreas metropolitanas durante 2016. Y la tendencia no ha dado señas de revertirse en la primera mitad de este año.

En Nueva York, los crímenes de odio aumentaron 24%, el nivel más alto en más de una década. Chicago vio una desmejora de 20%; fue 50% en Filadelfia y de 62% en la capital, Washington, la de mayor incremento entre 25 grandes ciudades que fueron parte de la muestra.

Los incidentes van desde ataques físicos a grafitis racistas. De la profanación de cementerios judíos y sinagogas a abusos verbales contra afroestadounidenses e inmigrantes, indocumentados o no. Los ataques contra musulmanes y la comunidad LGBTQ alimentan en gran medida ese aumento.

Hace unas semanas, la violencia en unaprocesión de ultranacionalistas blancos en Charlottesville, Virginia, causó estupor en el país -y en el mundo- con una exhibición de antorchas e insignias nazis y se convirtió en un ejemplo extremo de esta crisis de crímenes de odio, tras la muerte de una manifestante embestida por un automóvil.

Y aunque las conclusiones del estudio del CSUSB son parciales – con una muestra de ciudades relativamente pequeña y con números provistos por algunas agencias del orden estatales y locales, pero no todas-, dibujan una tendencia que se confirma también con otras investigaciones.

La Liga Anti-Difamación (ADL, por sus siglas en inglés), por ejemplo, reportó que las expresiones de antisemitismo aumentaron más de un tercio en 2016 y se dispararon otro 86% en el primer trimestre de 2017.

Otras mediciones arrojan que los crímenes de odio en escuelas se incrementaron en un 106%.

Las pasiones desatadas durante una campaña presidencial explosiva -en la que las declaraciones de desprecio a minorías y el fanatismo fueron moneda corriente- pueden ser el motor detrás del incremento, señalan los expertos. También, por cierto, la mayor voluntad de las víctimas de estos ataques de salir a denunciarlos.

Al poner de relieve la raza, la religión o la nacionalidad en muchas de las premisas proselitistas, el tono de la campaña puede haber empujado a “individuos con distintas motivaciones, desde fanáticos duros hasta otros que sólo buscaban emociones fuertes” a pasar a la acción, indica Brian Levin, director del Centro para el Estudio del Odio y el Extremismo.

Muchos trazan una línea directa entre los estallidos de violencia y la retórica polarizadora del presidente Trump, aunque es difícil probar esa correlación con las estadísticas.

Para muestras, valen algunas postales de campaña.

Desde que comenzó la carrera a la Casa Blanca, Trump expresó reiteradamente su desprecio a los inmigrantes mexicanos.

“Traen drogas, traen delincuencia, son violadores”, dijo por ejemplo en un polémico discurso de 2015, justo cuando anunció su candidatura.

El candidato también prometió un cierre de puertas “total y completo” para los musulmanes que quisieran entrar, aunque luego esta premisa fue retirada del sitio web de su campaña. Siete días después de asumir el cargo, firmó una orden ejecutiva que prohibió temporalmente la llegada de ciudadanos de siete países de mayoría islámica.

El presidente también fue criticado por demorarse en condenar una escalada de antisemitismo registrada a comienzos de año (más tarde dijo que era “horrible” y “tiene que parar”) y, recientemente, por responsabilizar a “ambos bandos” de la violencia en el mitin de extrema derecha de Charlottesville.

Y aunque desde el inicio de su campaña quiso congraciarse con la comunidad LGBTQ, la abrupta decisión de prohibir que las personas transgénero sirvan en el ejército, firmada el mes pasado, puso en pie de guerra a los activistas. Muchos creen que la crispación política, así como la postura abiertamente anti-gay del vicepresidente Mike Pence, han animado a algunos sectores más conservadores a expresar su homofobia públicamente, lo que se tradujo en un aumento de abusos contra las minorías sexuales.

Un estudio realizado en los primeros tres meses tras la elección aporta cierta evidencias de un presunto “efecto Trump”.

El Southern Poverty Law Center (SLPC), una organización no gubernamental que monitorea el extremismo en todo el país, registró 1.094 incidentes entre noviembre de 2016 y febrero de 2017 como parte de su proyecto #ReportHate.

De ellos, el 37% incluía una referencia abierta al presidente, sus políticas o sus consignas de campaña. En otra medición, del progresista ThinkProgress, ese porcentaje fue incluso mayor, de casi 42%.

Y el hecho de que diferentes organizaciones sientan que hay una urgencia por compilar y mapear incidentes de odio es un signo de los tiempos en sí mismo, dicen los expertos.

El SPLC -que fue fundado por abogados por los derechos civiles para seguirle el rastro a organizaciones supremacistas como el Ku Klux Klan pero luego amplió el espectro de su labor- mapeó todos los grupos de odio en territorio estadounidense: 917 de ellos operaron en los 48 estados continentales a lo largo de 2016.

California, curiosamente, tiene la mayor concentración – con 79 grupos considerados “extremistas” o “de odio”-, seguido por Florida, con 63.

Y el SPLC también dibujó un mapa de distribución de ataques, en el que California, Nueva York y Texas concentran el mayor número de casos reportados, seguido a cierta distancia por Florida.

Aunque sin valor estadístico -básicamente porque se basa en datos provistos por las autoridades pero también en fuentes en el terreno, noticias y testimonios individuales, no todos ellos verificados-, es una instantánea del avance irrefrenable de casos.

El problema, dice el SPLC, es que los crímenes de odio son un problema nacional “pero no hay datos fiables sobre la naturaleza o prevalencia de la violencia”.

Parte del problema es que las estadísticas son notoriamente difíciles de compilar.

El FBI, que se encarga del seguimiento y publica estadísticas en este rubro desde 1996, contabiliza alrededor de 6.000 crímenes de odio por año. Pero un informe de junio de la Oficina de Estadísticas de Justicia eleva esa cifra a cerca de 250 mil.

¿Por qué la extraordinaria diferencia? Los expertos explican que no todos los organismos policiales elevan sus casos al FBI, por lo que muchas de esas cifras parciales no hacen parte del total nacional.

La otra razón es que más de la mitad de las víctimas no denuncia los abusos.

“Los crímenes de odio no parecen seguir un patrón específico, todas las minorías se ven afectadas “, le dice a la BBC Heidi Beirich, directora del Proyecto de Inteligencia del SPLC.

Y algunos casos, apunta Beirich, pasan por debajo del radar más que otros, “especialmente en áreas donde las personas se sienten inseguras porque carecen de redes vecinales o locales fuertes”.

Iglesias a resguardo

Durante un servicio dominical en la Iglesia Comunitaria Metropolitana “Rey de Paz” (MCC) de San Petersburgo, las puertas permanecen bloqueadas para dar protección a unos 250 feligreses.

Esta iglesia, una denominación cristiana fundada en 1968 en un living de California que ahora se ha expandido a casi 40 países, levanta la bandera de la inclusión y la apertura. Por lo que las creciente medidas de seguridad – cámaras de vigilancia, personal extra y protocolos para responder en caso de un atentado – fueron realmente un último recurso.

“No queríamos, pero tuvimos que aumentar la seguridad después de que nos pintaran la leyenda ‘MAGA’ [un acrónimo de “Make America Great Again”, Hagamos a Estados Unidos grande otra vez]”, dice Candace Shultis, pastora a cargo desde hace nueve años.

El eslogan de campaña deTrump fue escrito con tiza en la acera una semana después de la elección, junto con esvásticas y números asociados al neonazismo.

“Ver esvásticas fue descorazonador. Intervino la policía cuando lo denunciamos como un crimen de odio “, dice Shultis, esbelta y altísima, en su vozarrón grave y calmo.

Uno de los motivos detrás del ataque es probablemente la asociación de MCC con la comunidad LGBTQ, dice Shultis, dado que la congregación fue originalmente creada como una alternativa para creyentes gay que se sentían excluidos de las religiones tradicionales.

Las iglesias que celebran matrimonios entre personas del mismo sexo o se proclaman tolerantes han sido blanco de ataques recurrentes en todo el país.

Pero aquí en San Petersburgo también fueron atacados un estudio de abogados – un cartel en la puerta dice que ofrece “consejería migratoria”- y una pinturería (“Quizás porque muchos de nuestros clientes son trabajadores de la construcción latinos, o porque nuestro logo tiene los colores de las pinturas que vendemos y lo confundieron con la bandera arcoíris”, dice Daniel, el gerente de la tienda).

“Esto no es nuevo, había un trasfondo racista durante la administración de Barack Obama”, dice Shultis. “Pero ahora a la gente le han dado permiso para escupir ese odio”.

“La candidatura de Trump ha dejado al descubierto esa porción del país extremadamente conservadora. Hay razones para tener miedo, porque estos ataques no sólo son verbales y no olvidemos que en este país tenemos acceso fácil a armas”.

En la gurdwara

Entre todas las minorías afectadas, la musulmana es tal vez sobre la que más se ha escrito. Se trata, después de todo, de una tendencia de larga data, iniciada justo después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Según datos del FBI, ese año hubo 481 crímenes de odio contra esta comunidad, cuando en 2010 habían sido sólo 28.

Unos años más tarde, el fenómeno entró en remisión. Pero en 2015, al inicio de la campaña electoral, se produjo una nueva oleada – con un incremento de 67% respecto del año anterior, según el investigador Brian Levin.

Entre abril y junio de 2017, el Consejo de Relaciones Islámico-Estadounidense (CAIR, por sus siglas en inglés) reportó 72 acosos y 69 crímenes de odio, 91% más que en igual período de 2016.

Estos casos “ahora representan 4,4% de todos los crímenes de odio registrados pese a que los musulmanes son sólo el 1% de la población”, apunta Levin.

En tanto, los ataques contra otros grupos tal vez han tenido menos prensa, pero son igualmente recurrentes.

En la gurdwara Sij más grande de San Peterbusgo y alrededores – un templo en la cercana Tampa, justo al otro lado de la bahía, con su salón comunitario donde los domingos se sirve almuerzo-, la comunidad Sikh no esconde sus temores.

“¿Soy más cuidadoso? Sí, mucho más, sé que me veo diferente, que cada vez que entro a un lugar desencadeno toda clase de estereotipos en la mente de quienes me ven”, dice Satpreet Singh, un joven ingeniero de sistemas vestido con camisola blanca y turbante turquesa que le cubre hasta las cejas. Una profusa barba triangular le cae hasta el pecho.

Fundada en Punjab hace cinco siglos, el Sijismo es una religión que establece algunas prácticas de aseo personal que hace que sus seguidores enseguida llamen la atención. Los hombres no se cortan nunca el pelo y lo cubren con turbante, mientras que muchos también se abstienen de afeitarse de por vida.

Hay más de medio millón de sijs en Estados Unidos, pero pocos los identifican. Los confunden seguido con musulmanes.

Y la violencia contra ellos tampoco es nueva, fue alimentada por los ataques del 11/9 -y por la asociación del turbante con Osama bin Laden- y derivó en episodios graves como el asesinato de un sij en Arizona o la llamada matanza de Oak Creek, cuando un supremacista blanco abrió fuego en una gurdwara de Wisconsin y causó la muerte de seis personas.

Satpreet mismo cuenta que se salvó de un tiroteo, cuando apuntaron contra el auto de su padre, también sij tradicional de turbante y barba.

Al igual que con los musulmanes, los crímenes de odio contra los sijs mermaron durante algunos años, pero volvieron a dispararse recientemente, advierten los analistas.

La organización civil SAALT documentó más de 200 incidentes desde el inicio de la última campaña electoral.

“Es alarmante, la tendencia que siguió al 11/9 está volviendo a emerger”, dice Singh.

“Nos lleva a vivir con miedo incluso en las cosas más cotidianas, como dar una vuelta por el vecindario”.

Con su esposa, Hardeep Khur, dejaron de visitar “las zonas más conservadoras”.

“El otro día íbamos a una tienda de donas que se encuentra en un barrio muy blanco. Lo primero que pensé fue ‘¿sabes qué?, mejor vamos a comprar las donas a otro sitio'”, dice Khur, que es canadiense y se mudó a Florida hace ocho años.

Algunos de los feligreses más jóvenes de la gurdwara han ido incluso más lejos: decidieron cortarse el pelo y abandonaron el turbante. A pesar de que eso contradice uno de los mandatos básicos de su religión.

“No podemos educar a las personas que te dicen cosas horribles y te amenazan, porque la realidad es que no están abiertas a ser educadas. Sólo podemos ponernos en alerta y protegernos nosotros”, dice Singh.

Sin documentos y con miedo

Los hispanos en San Petersburgo no la pasan mejor. Aunque constituyen casi una cuarta parte de la población total en Florida, aquí son una pequeña minoría de menos del 7%.

Tras las promesas de Trump de construir el muro con México, el acoso contra los inmigrantes se ha convertido en el crimen de odio más frecuentemente reportado, según estadísticas de SPLC.

“Hemos visto a la gente volver a sentir ese miedo que quizá tenían cuando llegaron al país hace años”, dice el oficial Raymond Croze, que es parte de un programa de la policía local para aumentar la confianza entre la comunidad hispana y las autoridades.

“Hemos visto un aumento en lo que se llama ‘robo de jornales’, por ejemplo: hispanos que trabajan en jardinería, sus patrones los contratan y los hacen trabajar pero luego no les pagan lo prometido”, dice.

“Construyan el muro” y “Váyanse a su país”, decían los carteles que aparecieron hace poco en las paredes de una iglesia hispana y en los postes de luz de una playa cercana, junto con esvásticas y consignas nazis. Croze remitió los casos al FBI.

“Los inmigrantes indocumentados a menudo temen que si denuncian esos crímenes luego los perseguiremos por su estatus migratorio, lo que hace que los índices de denuncia sean bajísimos”, cuenta Croze.

Números polémicos

Dada la polarización de Estados Unidos por estos días, no sorprende que algunas de estas cifras sean disputadas.

Las voces más críticas rechazan de cuajo la premisa de que los crímenes de odio se han disparado desde que Trump saltó a la arena política.

Argumentan que la proliferación de los grupos de odio es un fenómeno que comenzó mucho antes –incluso a principios del siglo, producto de un rechazo a la inmigración latina y de las proyecciones demográficas que revelaron que los blancos dejarían de ser mayoría en el país hacia 2044.

Por lo tanto, dicen, no se puede establecer que el aumento sea consecuencia de de una campaña crispada.

De hecho, el número actual de grupos de odio activos, según los mide el SPLC, está todavía muy por debajo de su pico histórico, en 2011.

Asimismo, critican que el SPLC tiene una vara demasiado estricta para asignar la etiqueta de “extremistas” a grupos o individuos, y que no ha recogido estadísticas por un tiempo considerable como para que las tendencias que ven sean realmente sólidas.

Otros dicen que los ataques contra minorías vienen ocurriendo desde hace mucho sin que nadie lo note demasiado.

Históricamente, los datos del FBI muestran que la mitad de todos los crímenes de odio han sido por motivos raciales y la mayoría de ellos, contra negros.

El movimiento Black Lives Matter reclama que los afroamericanos han sido víctimas “regular, diariamente” desde hace décadas.

“Mientras que el presidente y sus asesores contribuyen significativamente a la falta de seguridad que la gente negra experimenta y son responsables de los daños increíbles infligidos a las comunidades de color, son meras muestras de la supremacía blanca y la xenofobia que nos amenaza mucho más allá de esta administración presidencial”, publicaron en una declaración de Facebook tras el violento mitin en Charlottesville.

¿Se trata entonces de que los crímenes de odio son ahora más visibles?

Algunos así lo creen.

“Aunque es fácil para algunos culpar a Trump por todos los actos de intolerancia, debemos discernir qué es lo nuevo y qué es lo que simplemente estamos notando por primera vez”, escribió Mark Oppenheimer en The Washington Post.

El investigador Brian Levin no concuerda.

“No creo que podamos explicar el aumento de los crímenes de odio sólo por el aumento de la cobertura mediática de los mismos”, dice el criminólogo.

Sea que hayan aumentado o que sólo se hayan vuelto más visibles, los crímenes de odio han inspirado un contra-movimiento, sobre todo a nivel comunitario.

En algunos barrios de minorías se han creado redes vecinales de apoyo. El SPLC ha publicado una “guía de respuesta de la comunidad”, con consejos prácticos: levante el teléfono, firme un petitorio, investigue sus derechos… y la lista continúa.

Para la pastora Shultis, el alivio llegó de la mano de los vecinos de su iglesia, que trajeron a sus niños a dibujar conejos, perros y mariposas en tizas de colores allí donde antes habían estado las esvásticas.

Mientras que el artista John Gascot, tras aquella carta de odio del vecino, sintió que necesitaba “convertir algo horrible en algo agradable”.

Decidió así organizar talleres gratuitos para jóvenes LGBTQ, un “espacio seguro” para quienes a menudo se sienten marginados y estigmatizados y, ahora, tienen más miedo que nunca a expresarse libremente.

“El arte siempre es sanador, aunque el arte aquí al final es lo menos importante. El taller es para ayudar a que se sientan cómodos de ser quienes son. Para darle a las generaciones futuras lo que nosotros no tuvimos”, compara Gascot.

“Estas elecciones han sacado a mucha gente del letargo y la complacencia, como respuesta al odio y las agresiones. Y eso es algo bueno, después de todo”.

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